A un año del fallecimiento del diputado Alberto Perdomo

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El viernes 11 de mayo se cumplió el primer año de la desaparición física del diputado nacionalista Alberto Perdomo. ¿Qué decir de Alberto? ¿Cómo sintetizar en pocos párrafos una vida tan intensa y tan rica? ¿Cómo describir una personalidad tan única? Sencillamente no es posible. Sólo quienes le conocieron podrán comprender algunas de sus facetas; difícilmente su totalidad. Alberto no era simple. Alberto era una de esas personas muy escasas, que la vida nos regala muy de vez en cuando.
Le conocí hace treinta años cuando sólo contaba veintiún años y ya tenía la personalidad y el porte de una persona madura. De inmediato congeniamos a pesar de las largas y frecuentes discusiones a las que nos llevaba nuestras militancias en distintas tiendas políticas. Desde ese momento construimos una gran amistad que finalmente le convirtió en mi hermano. ¡Qué falta que me haces Alberto!
Era de una aguda inteligencia, de una fuerte ilustración, siempre inconclusa, ya que día a día engrosaba sus conocimientos, por la lectura metódica y sobre todo por el contacto permanente con la gente, que fue su gran maestra. Era de una sensibilidad fuera de lo común, que le llevaba a preocuparse y ocuparse de las situaciones de cientos de personas, incluyéndome. Si sus actividades dificultaban la reunión personal, nunca faltaba la llamada telefónica que invariablemente comenzaba por un: “¿Te interrumpo?”, muestra de su respeto por todos.
De delicada y muy precisa visión estratégica, no sólo en los aspectos electorales, que todos reconocen y para lo que siempre contó con la complicidad tácita y el apoyo de su entrañable amigo Marcelo Díaz, sino también en lo que refería a aspectos económicos, productivos y sociales sobre su querido departamento de Canelones. Solía decirme, con cierta molestia, “lo urgente impide hacer lo importante”. Lo importante para él era su Canelones y su Uruguay. Poco tiempo antes de su fallecimiento me pidió ayuda para lo que iba a ser su proyecto insignia para el presente año, un Centro de Estudios Estratégicos para Canelones. Incansable hasta el final. Siempre activo, siempre fecundo, siempre con la mirada puesta en el futuro.
Su sentido del humor, tan especial, que habíamos construido juntos, al punto de que algunos chistes los entendíamos sólo nosotros y nos reíamos a carcajadas ante la mirada atónita de quien nos acompañara en el momento.
Es necesario también mencionar, para completar esta breve semblanza, sus dotes oratorias, que le permitían desde hacer comprender temas complejos a personas sencillas, pasando por las arengas electrizantes, hasta hacer poner de pie a todo el Parlamento griego para aplaudirle.
¿Qué más decir de Alberto? Muchísimo. No alcanzaría tiempo alguno para escribir de él. Por eso simplemente voy a despedirme.
Querido Alberto: Este año fue difícil para muchos de nosotros, tu ausencia, que al principio nos negamos a reconocer, que nos causó enojo, desconcierto y desazón y que ahora, poco a poco, vamos aceptando, sabemos que sólo es física, tu presencia espiritual está intacta y tu legado también. Por mi parte, sólo queda darte las gracias por tu familia, que siento mía, por tu agrupación, que también siento un poco mía, a pesar de no haberte podido acompañar ya que nos separaban colores muy fuertes, tu agrupación que hoy lleva tu nombre y que está unida y tras tus pasos y fundamentalmente por los treinta años en los que me acompañaste en el camino de la vida. ¡Hasta siempre mi hermano!

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