OpiniónApuntes: Educación desde abajo

Lo educativo está presente en un sinfín de relaciones sociales, de procesos pedagógicos más o menos formales.

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La Educación es un acto de amor y es también un acto político. Los seres humanos en su desarrollo histórico desde su aparición, somos seres emocionales que en el proceso evolutivo “aprendimos a pensar”. Y en eso de ser seres emocionales, quiero decir que lo que nos identifica como especie primeramente son las emociones.

La educación como tal existe en un marco de confianza, en el que uno reconoce y acepta al “otro” como un otro legítimo y esto se produce en una relación de colaboración y no de competencia. Lo educativo está presente en un sinfín de relaciones sociales, de procesos pedagógicos más o menos formales.

En la educación no está la solución mágica a los problemas de nuestras sociedades, nunca en la historia fue así. La responsabilidad de construir sociedades que defiendan la vida, que empujen a la imaginación y creación de los hombres y mujeres excede al espacio educativo por más amplio que este sea. Sin embargo, en la educación y en los procesos pedagógicos hay mucho para ver. Más aún cuando son procesos que se proponen distintos a los hegemónicos, en los que aparece la cuestión comunitaria y donde la intencionalidad política de la propuesta, es llevada a la metodología y lo relacional.

El encuentro de pares es un fundamento para trabajar lo ético, una postura ética que desafíe a la propuesta del sistema y que apunte a una dinámica transformadora a partir de sujetos individuales y colectivos críticos.

Quienes miramos desde la óptica de la Educación Popular, signada por Freire, por Rebellato, desarrollada por Movimientos Sociales como el MST, el EZLN, nos parece necesario dar cuenta de experiencias que sin la exigencia de la apariencia pretenden construir desde abajo.

Para un proyecto de izquierda transformador no hay nada más importante que alimentarse de las prácticas y subjetividades transformadoras que emergen en cada época. Además de reconocer los liderazgos comunitarios, que surgen con fuerza en cada barrio.

En una semana cuando lo trascendente fue una puesta en escena de los estudiantes del IAVA que mostraban la terrible forma en que actuó el aparato represivo, secuestrando y desapareciendo gente. Cuando además un coro intentó hacer sonar la nota de que estaba violando la laicidad… Ojalá más estudiantes nos demostraran cómo los del IAVA, que la memoria está viva aunque el olvido esté presente. Es la única forma que emerja, en algún  momento la justicia y la verdad.

Para esta columna, le pedimos a Fernando Urrutia, politólogo (aunque él lo reniegue), compañero y amigo, que pueda hablar de lo educativo desde la experiencia de haber conocido un Centro Educativo distinto.  Lo que sigue es la nota que nos hace llegar.

¿Ilustrados y valientes?

El pasado viernes 18 de Mayo y en referencia a la presentación de propuestas de cambio educativo que presentó en su “Libro abierto” el “colectivo de hombres, Eduy 21”, la ministra de Educación y Cultura María Julia Muñoz, opinó que “No se hacen cambios en la educación sin los docentes” y aseguró, por otra parte, que es muy malo que la educación “sea un campo de batalla política” (La diaria fin de semana, 19/5/2018).

A raíz de la invitación que recibí de unos amigos me fui hasta el “Festival abundante” organizado por el Centro Educativo Pindó en Marindia. Allí conocí una experiencia inspirada en la pedagogía Waldorf que se inicia en 2012 y sustenta su continuidad en la participación activa de la comunidad. Docentes, familias y vecino/as de este hermoso balneario de la costa de oro de Canelones, se encuentran en la cotidianeidad de la experiencia educativa, así como en festivales autogestivos (algo así como las viejas kermeses) para comprometer cuerpo, juego, arte y aprendizajes en un modelo educativo asociado al vínculo profundo entre lo/as niños/niñas, su hogar y el entorno natural que les rodea. Desde el punto de vista organizativo la escuelita comunitaria Pindó funciona como Asociación Civil y en base a comisiones de trabajo, asambleas y decisiones por consenso. Desde una perspectiva pedagógica el entorno natural y social en el que se desarrolla la vida de lo/as chiquiline/as sirve además como material e inspiración para enseñar, narrar, jugar y aprender.

Conocer esta experiencia educativa, junto a otras que he vivenciado como estudiante, docente y militante, me hizo re pensar algunas certezas. En definitiva, si hay algo que debería estimular cualquier construcción pedagógica es la posibilidad de que a lo largo de la vida, lo cierto e incuestionable permita potenciar nuevas preguntas disparadoras de posibles (y cuestionables) respuestas.

En primer lugar (y en referencia a las opiniones vertidas por la ministra), volver a entender que no existe construcción pedagógica sustentable que relegue o invalide la presencia de lo/as docentes. Pero (y acá va mi primer discrepancia, por omisión) considero vital que toda construcción pedagógica que se describa como educativa, incluya la creativa imaginación de los territorios. Territorios que incomoden. Territorios como construcción social, cultural y política.

No es esencialmente malo que la educación “sea un campo de batalla política” (ahí va mi segunda discrepancia, por repetición). La educación debe ser un germen de transformación que implique la naturaleza diversa y conflictiva del ser humano. Prácticas pedagógicas que incorporen a vecino/as con sus reflexiones críticas y hacer cotidiano. Sin referenciarnos como actores políticos, nos deshumanizamos. Por ende, la titánica batalla de la educación es política. Lucha tenaz contra la repetición y apatía adulto céntrica. Trincheras que comprendan la diversidad y no le pasen por arriba desde la laicidad.

En segundo lugar, aprovechar la sinergia de mi visita a Pindó para sostener banderitas de colores que inviten más temprano que tarde, al necesario dialogo (necesariamente conflictivo) de las diversas deconstrucciones pedagógicas con lo público y gratuito. También (y como expresión de deseo, siempre postergado) la emergencia de una educación que humanice las distintas expresiones y clausure vías de escape o exclusión territorial.

En todo caso, que sea nuestro Estado el que asuma este compromiso de inhabilitar para siempre expresiones culturales privatizadoras, alienantes y exclusivas. Una multiplicidad de colores adaptables a la complejidad que nos encuentra y dignifica. Claramente difícil pensarlo desde la perspectiva de un Estado-Nación en crónica dependencia. Esperaremos con paciencia.

Aguardamos, esta vez con menos paciencia, el hermoso escenario en que aquellos definidos por pobres o marginales, puedan acceder a la democracia plena de elegir con conciencia rebelde, el camino soñado.

 

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