Con la mira en el programa del FA 2020-2025Autonomía económica de las mujeres, clave para el desarrollo en igualdad

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La autonomía económica de las mujeres es clave para un desarrollo con igualdad. El capitalismo, en unión simbiótica con el patriarcado, genera una desigualdad económica entre mujeres y varones que mantiene la pobreza, la privación y la opresión. A su vez, la falta de libertad económica genera falta de libertad política.

Con esta introducción, comenzó el panel “Autonomía económica de las mujeres: claves para un desarrollo con igualdad”, en el que participaron Alma Espino y Soledad Salvador, economistas, investigadoras, docentes y la primera presidenta de Centro Interdisciplinario De Estudios Sobre El Desarrollo Uruguay (Ciedur); Mauricio de Rosa, economista, docente e integrante de la Unidad Temática de Economía del FA; Gabriela Cultelli, economista, investigadora y asesora de Economía Política, y Fernando Isabella, director de Planificación de la Oficina de Planificación y Presupuesto (OPP).

Con mirada feminista

En los últimos años, el tema de la autonomía económica ha adquirido especial relevancia por los efectos negativos de las desigualdades sobre el crecimiento sostenible, cohesión social y democracia, particularmente en América Latina.

Las desigualdades de género impiden que las mujeres alcancen ciertos grados de autonomía económica y de libertad, para poder tomar decisiones en lo económico y dentro de sus hogares. Pero la economía nunca se había acercado mucho al lugar que ocupan las mujeres en la sociedad. Desde los 90 esto comienza a cambiar con el pensamiento de la economía feminista, que plantea la crítica al sello androcéntrico y define de manera más amplia lo económico, incluyendo todas las actividades no remuneradas de las mujeres, invisibilizadas tradicionalmente. También se comienzan a mirar las relaciones asimétricas de poder, que es lo que está detrás.

La mirada feminista sostiene que la economía no solamente funciona en base al objetivo de maximizar las ganancias, sino también respecto del trabajo de cuidados y la solidaridad intrafamiliar.

“Ya está medido que las mujeres tienen muchas más horas de trabajo no remunerado, aún cuando tengan trabajo remunerado, y la valoración social de uno y otro se expresa en la distribución de ingresos (las mujeres cobran menos), recursos económicos y otros activos. Pero además hay desigualdades que se entrecruzan: las que devienen de clase social, raza, etnia, territorio. No son falla o casualidad, sino constitutivas de la economía”, advirtió Alma Espino.

División sexual del trabajo

En Uruguay, para las mujeres de menores ingresos, con menor educación y más hijos, las diferencias de género en el mercado laboral se agudizan. “Las diferencias se generan porque hay una organización social –que no responde a leyes naturales, sino a una construcción social histórica con división social del trabajo-, que hace que estemos enfocados a dos cuestiones distintas: los hombres a lo remunerado y las mujeres a lo no remunerado, que es lo que hace que ellas tengan menos oportunidades en términos económicos y profesionales, y los hombres se mantienen alejados de la vida afectiva, familia, etc.. El mercado laboral está organizado en base al trabajador ideal: ese señor que teóricamente no tiene que hacerse cargo de nadie más que de sí mismo y está cada día listo para trabajar en forma remunerada”, explicó la economista.

Desde el feminismo, se hace hincapié en el acceso a los cuidados, porque se mira la economía como la sostenibilidad de la vida, y modificar los patrones tradicionales es actuar donde se originan todas las desigualdades de las personas. El ser cuidado tiene que ser una preocupación de políticas públicas, con atención tanto en quienes reciben como en quienes brindan esos cuidados, tanto si son remunerados o producto del afecto, porque estos últimos también suponen cansancio y desgaste de energía.

El acceso a cuidados

“Aquellas mujeres con cuidados resueltos tienden a tener oportunidades más similares a los varones y menos restricciones que quienes no los tienen; el Estado tiene que intervenir, las mujeres solas no van a poder cambiarlo” señaló Soledad Salvador, destacado que las mujeres sufren una doble desigualdad: segregación y segmentación del mercado laboral. Las horas de trabajo remunerado pueden aumentar para los hombres aun cuando tienen hijos y decrecen para las mujeres, precisamente por los cuidados a su cargo.

Por otra parte, cuando las mujeres ascienden en la escala jerárquica tienen que simular que no tienen problemas, y sufren acoso por meterse en temas no aceptados para ellas.

Segmentación y segregación ocupacional se superponen y hacen a la brecha de género. Cuando las mujeres tienen dificultades pasan a la informalidad, porque son madres, están un tiempo largo fuera del mercado y esto produce un efecto de retroalimentación de esa segmentación. La ampliación de las licencias y el reconocimiento de un año por hijo para acceder a la jubilación, mejoran pero no resuelven los problemas.

Brechas de género: mucho para ganar disminuyendolas

Mauricio de Rosa afirma que una política económica del FA tiene que asegurar las condiciones materiales para la expansión de las libertades y capacidades, tanto individuales como colectivas, y estar al servicio de la libertad y autonomía de las personas. Eso obliga a mirar los siguientes objetivos: crecimiento económico, empleo, desigualdad y pobreza, nivel de ingresos y patrimonio de la población, particularmente de la menos favorecida, y a incorporar las desigualdades de género, que son parte de los objetivos de política.

“Hay mucho para ganar en la lucha por la disminución de las brechas de género; de lo contrario los hombres pobres van a ganar en ingresos y las mujeres pobres van a quedar sin ese beneficio. Es ridículo que tengamos a la parte de la población más calificada en empleos de baja productividad y mal remunerada. Cualquiera de derecha podría reconocerlo…”, asegura de Rosa.

En los 90 la desigualdad creció y luego, de la mano de políticas redistributivas vinculadas con crecimiento económico, el índice Gini se elevó mucho. Esas políticas tuvieron mucho costo político, que se le sigue cobrando al FA. No obstante, la desiguadad ha dejado de caer, por lo que hay que pensar en cómo instrumentar nuevas políticas públicas para acelerar el proceso.

“Hay dimensiones que se dejan de lado, que tienen que ver con lo patrimonial. Si miramos la riqueza de las personas abierta por sexo, se ve que los varones tienen en promedio más riqueza que las mujeres y esa brecha se incrementa a medida que avanzan en edad. En un punto se empieza a cerrar, por los 65, 70 años,y la razón es que los hombres se mueren”, insiste de Rosa.

La toma de decisiones sobre como producir, para qué y para quienes, es territorio masculino y es difícil remar contra eso para las políticas públicas. “Por eso no hay que quedarse solo en el terreno del trabajo, hay una dimensión de clase que está operando”, advierte el economista.

Los equipos de Ministerio de Economía están masculinizados, pueden tomar decisiones con perspectiva de género, pero es sintomático que en la toma de decisiones siempre hay varones. Según de Rosa, “Hay que ser autocríticos y muy duros. Las cosas pasan y deben ser encaradas”.

Mercantilización de la fuerza de trabajo femenina

Gabriela Culteli comenzó señalando que “Los problemas que tenemos ahora ya no son una herencia maldita: después de 13 años de gobierno, son nuestros problemas, sea por acción o por omisión. Bajamos muchísimo la pobreza, alrededor de un millón entre 2004 y 2017, pero bajó mucho más en hombres que en mujeres: 83 contra 70%. Esto es un debe, tenemos que hacer algo, porque la tendencia tiene que aflojar”.

En desempleo se cerraron un poco las brechas, pero mayormente la mano de obra de mujeres se ocupó en trabajos por cuenta propia, lo que lleva a diferencias en niveles de ingreso, pese al aumento del nivel educativo de ellas. “Hay algo que no podemos desconocer: si medimos la mercantilización de la fuerza de trabajo femenina, a través de la población económicamente activa, las mujeres en el censo de 1908 éramos el 4%, en 1963 el 24% y ahora el 48%. Hay que tener en cuenta este cambio sustancial para seguir cambiando”, asegura Cultelli.

Cree que el sistema de cuidados se necesita hoy más que nunca, con universalización hasta los 3 años . Como las mujeres son la mitad de los trabajadores, el problema ya no es solo de justicia social sino de necesidad del desarrollo. El cambio de roles va a demorar mucho en el tiempo, pero esas mujeres ya están trabajando, por lo tanto los requerimientos son actuales.

Propuso aprovechar masivamente del avance tecnológico también en la jornada laboral del hogar, porque ellas le dedican casi 40 horas mensuales y los hombres solo la mitad.

Señaló también que estamos ante un punto de inflexión: “Llevamos 4 o 5 años durante los cuales los indicadores de distribución del ingreso no se mueven. O apretamos el acelerador o los cambios no se producen. Ya pasó en el continente: estos cambios son imposibles de pensar sin las mujeres, no solo desde el punto de vista del desarrollo productivo sino social”.

De la vivienda a la brecha digital

También le preocupa la brecha digital, y se pregunta: “¿si seguimos avanzando y no atendemos el problema entre hombres y mujeres, estaremos aumentando las desigualdades?”.

Cutelli cree que con la vivienda se le pega a lo más grueso de la pobreza, porque Uruguay tiene poco más de 1.000 hogares monoparentales pobres. Si se calcula el costo de las viviendas de Mevir en 55.000 dólares, resolver el 100% del problema costaría unos 60 millones, a lo que tal vez se podría destinar el impuesto a las herencias y de paso se atendería el flagelo de la pobreza infantil.

La planificación del territorio transverzalizado por los problemas de género, también preocupa a Culteli: ” No podemos seguir caminando de noche con terror, necesitamos luces en las ciudades, en el campo, para un territorio más equitativo para unos y otras. Y hay que avanzar desde el Ministerio del Interior en la eliminación del femicidio, destinando recursos para ello”.

Empleo y trabajo no remunerado

“No se puede hablar de desarrollo sin tener en cuenta la capacidad de las mujeres y su derecho a tomar decisiones. Aprovechar de su talento económico productivo es indispensable, más cuando se trata de la mitad más formada”, aseguró Fernando Isabella.

“El Gini es ciego al género, porque se ven todos los ingresos del hogar y se divide por el número de personas que lo componen, presumiento que se gasta equitativamente. Debería haber otros indicadores para esto, porque nos estamos comiendo lo que no capta”, enfatizó Isabella, admitiendo que no se tienen indicadores para calcular la distribución de puertas para adentro.

Hay una visión que dice que si las mujeres se incorporan como asalariadas, es una forma de promover mayor extensión de la explotación capitalista. Pero él prefiere otra que indica que durante siglos el capitalismo se valió del trabajo no remunerado de las mujeres, porque podía pagarles menos a los hombres, justamente por lo que aportaban en trabajo no remunerado.

El hecho de que las mujeres se incorporen en la actividad económica obliga al sistema a pagar un trabajo que hasta ahora no se pagaba, lo que lleva a que el gobierno recoja la iniciativa del sistema de cuidados, lo que implica que el Estado se apropie de una parte de la riqueza social para financiarlo. La recompensa sería que si los cuidados estuvieran disponibles para todos los niños, más de 22.000 mujeres podrían incorporarse al mercado la laboral.

Hay que erosionar la división sexual del trabajo, propone Isabella, porque la entrada de las mujeres al mercado laboral también las recarga de tareas, ya que no dejan de hacer las del hogar y cuidados.

Cambio demográfico

“Las mujeres que tienen menos hijos son más dueñas de decidir, la caída de la fecundidad es natural a mayor autonomía y eso es un logro que hay que defender. Pero es muy desafiante: ¿qué va a pasar con la cantidad de gente en los tramos de edad que más participan en el mercado de trabajo, que es la que aporta a la seguridad social, la que paga impuestos, la que sostiene la estructura del sistema? El 65% de las personas mayores de 15 años están en el mercado de trabajo; si todo está constante al 2050 el porcentaje caería al 58%, creando un problema gravísimo: más jubilados, menos aportes.

Hay dos factores que lo pueden evitar: mejorar el nivel educativo, ya que las mujeres con estudios terciarios tienen una participación en el mercado similar a la de los hombres, pero las de menor nivel educativo no. Y reducir la brecha de género. Con esos logros, la buena noticia es que hasta 2050 podemos llegar sin caídas. Mucho más allá no, porque el envejecimiento se impone a la larga. Pero tendríamos 30 años por delante”, ilustra Isabella.

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