#OpiniónEl memorial del Penal de Libertad: símbolo de la resistencia

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El 15 de mayo se coloca el memorial en el Penal de Libertad.

Para Uruguay es una parte sustantiva de su historia. Más de 3 mil personas pasamos por allí en distintos momentos de la dictadura y algunos tuvieron toda ella y hasta desde antes y hasta después.

Es claro que ha sido una etapa negra de nuestra historia; está claro que significó gran sufrimiento para nosotros y para nuestros familiares; está claro que fue una etapa de gran impunidad para hacer lo que querían y como lo querían; está claro que las duras condiciones en las que estábamos afecto la esperanza de vida de los compañeros y las compañeras y afecto sus años de vida saludable y está claro que nuestra consigna para los hechos de aquella época es NUNCA MAS.

Quisiera en esta nota previo a que nos juntemos el día 15 a inaugurar el memorial reflexionar sobre otras facetas de nuestra vida en el penal.

El penal de Libertad fue (como lo fue el penal de Punta Carretas del que llegamos a Libertad muchos de nosotros) un ámbito de debate político, de intercambio de ideas, de intercambio de información.

Los turnos de la cocina o de la panadería eran armados de tal manera que pudiéramos reunirnos, debatir, intercambiar información y trasmitir a los compañeros que no estaban en esos turnos y veríamos luego en el piso las novedades y las ideas. Siempre recuerdo que un día encontramos una página del diario El País con una noticia que venía envolviendo no recuerdo qué y le comente a Nacho Mendes, un compañeros de mi agrupación de Facultad, la noticia y me dijo “te das cuenta que es relevante encontrar este papel y tener una noticia y hace unos años hubiéramos dicho otra mentira del diario El País”. Y si así eran los contextos de aquella realidad.

Las caminatas eran otro momento de intercambio y sobre todo de conversar con los compañeros que andaban mal y de darnos mutuamente ánimo y convicción sobre nuestro futuro. Bastaba una señal, una mirada cómplice, un gesto después de una visita para entender que el compañero nos necesitaba o nosotros lo necesitábamos y el contacto, de la manera que fuera posible, llegaba. Y la escucha de la radio del penal o las juntadas las pocas veces que había cine eran también momentos para vernos, contarnos y querernos.

Como ya ha sido visto en varios libros que lo cuentan, el ingenio permitió escribir ideas y trasmitirlas y por supuesto la vía oral se transformó en la manera en que los presos difundíamos lo que sucedía fuera y los desarrollos políticos que generaban nuestras conversaciones.

Es evidente que en el momento que vivíamos, en un contexto de una dura derrota política, el tema de la autocrítica era un tema imposible de evitar y eso generaba diferentes miradas y divisiones y tensiones entre nosotros que fueron conocidas y fueron parte inevitable del desarrollo de nuestra madurez política en la cárcel. Muchos de los compañeros, diría la mayoría no habían vivido el proceso pos 72, es decir el simposio de Viña del Mar, el Comité Central de agosto de 1974 en Buenos Aires y el proceso de los renunciantes. Los que sí lo habíamos vivido y de manera activa fuimos una polea de trasmisión, subjetiva obvio, de aquellos sucesos.

Las visitas, así como reflejaban un momento crítico porque, aunque no se nos demostrara, los compañeros sabíamos las dificultades del afuera y la impotencia de no poder hacer nada, también representaban un momento de alegría por el contacto con ellos y aún con el teléfono y el vidrio de por medio, una fuente de noticias para el adentro.

Recuerdo compartir la visita de niños con Perdomo (no el mejicano sino su hermano) que estaba en el segundo piso y en poquitos minutos, sin impedir el disfrute del encuentro con los hijos, le pasaba lo primordial para que llevara a su piso.

Cada momento era aprovechado para fortalecer nuestros vínculos, nuestras convicciones y pensar nuestro futuro bancando el presente. Cada momento era utilizado para fortalecer la resistencia a la violencia física y psicológica que los carceleros hacían todo el tiempo sobre nosotros.

Alguien podrá pensar que esta es una visión muy optimista de aquellos momentos. Es verdad y no hay duda que hubo momentos muy difíciles, que muchos compañeros la pasaron fea, que hubo días que ni siquiera vale la pena recordar; que el miedo estaba presente; todo ello es verdad y es parte de la historia de la cárcel. Pero esta parte de la historia también es parte de aquellos años.

Y también hay que recordar las pequeñas acciones de resistencia que todos los días hacíamos para sentirnos fuertes. Miles de compañeros día a día lo hacían. Voy a contar tres que en nuestro piso (el 1B) realizamos.

En el 2B es decir encima nuestro estaban los compañeros con mayor condena y en celdas de a 1. Por ello en las tardecitas/noches desde la ventana los saludábamos, les hablábamos, los alentábamos y se creo un dialogo que fue importante.

Otra anécdota de la pequeña resistencia era que cuando salíamos a repartir sea comida, herramientas u otras cosas entre las celdas, el carcelero nos abría la puerta entregábamos lo que correspondía y luego había que cerrar la puerta y luego el cerrojo. Nos negábamos a cerrar el cerrojo bajo el lema no encerramos compañeros y en muchos casos esta actitud nos implicaba calabozo, pero era una forma de sentirnos un poco mas libres.

También formaba parte de esos códigos de resistencia cuando arrancaban las filas hacia los patios que había que ir con las manos atrás no hacerlo y esperar que te lo ordenaran, es decir no ser ordenado a priori.

Cosas pequeñas pero que también son parte de esta historia.

Cuando hoy, a más de 30 años del fin de aquellos trágicos sucesos, nos pensamos, vemos que aquellos afectos siguen, que muchos nos encontramos con regularidad para hablar, para compartir cosas, con otros quizás no tanto pero nos vemos al menos en el asado de Crysol o en cumpleaños de compañeros y compañeras y con otros que no nos vemos tanto cuando toca verse, el afecto aparece naturalmente. Y con muchos compartimos el afán común de un mundo mejor y más justo como en aquella época. Y lo hacemos desde distintas trincheras, desde lo político, desde lo social, desde lo familiar, desde lo barrial, pero con un sentido común con el que llegamos al Penal, con el que salimos y con el que continuamos nuestro camino.

Quiero terminar contando un momento que en parte resume esta historia y refleja los vaivenes de la vida que con sus particularidades da cuenta de nuestra continuidad.

Fue cuando asumí de ministro de Salud y en el acto de proclamación quien me investía era otro compañero de la trayectoria de la cárcel, Pepe. Y me acompañaron ese día y varios momentos de este proceso decenas de los compañeros con los que compartimos aquellos días, aquellos debates y aquellas esperanzas y con los que ya en libertad (no el penal sino la verdadera) seguimos buscando horizontes comunes.

Solo para mencionar algunos, el Congo López, Pardal Ramada, el Consejo Arnoso un poco representante de la barra venida de Punta Carretas, Julio Listre, el Negro López Mercao, Carlitos Ubiría, el Manso Duter y muchos de los rehenes que allí estaban presencialmente como Henry Engler, el Ruso Rosencof y el viejo Julio Marenales o en el afecto por no poder ir como el Inge Manera o el Tambero Zabalza.

Y al terminar mi discurso de asunción y viendo ese público, recordando los años difíciles y el largo camino para llegar dije mirándolos: “hace 25 años cuando reconstruíamos nuestras vidas y nuestra militancia no hubiéramos imaginada esta situación, pero aquí esta y es el símbolo de que NO NOS DERROTARON”.

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