Europa en el caldero

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El descalabro de Mariano Rajoy adosado al PP es la punta del iceberg de una Europa que acumula quiebras económicas, políticas y morales. La llegada de Pedro Sánchez a la Presidencia de España no representa un cambio sustantivo, el PSOE hace mucho que derrapó; entre sus más graves pecados destaca el haber permitido la recomposición del franquismo. Pero esta derechización no es exclusiva del país ibérico sino que enferma a un continente que ha perdido el rumbo en cuanto alternativa al neoliberalismo impulsado por EEUU y las grandes instituciones financieras.

A la muerte de Franco, España se propuso entrar a Europa a través de la puerta democrática. El entusiasmo fue grande cuando firmaron el afamado Pacto de la Moncloa, también cuando recibieron los suculentos créditos con los cuales levantaron a un país considerado del “tercer mundo”. Con la ayuda de sus nuevos hermanos, el reino (que una vez fue republicano) lavó su cara; la economía creció mejorando la vida de los ibéricos. El problema empezó con el sismo financiero del 2008 que cimbró al mundo. Desde ese momento, el Viejo Continente se subordinó a Washington y aceptó los ajustes enterrando el Estado benefactor de posguerra que tanto lo había distinguido. En meses, impulsó la contención salarial y se dispuso a achicar el aparato gubernamental, ante todo, las direcciones dedicadas a los rubros sociales (estas medidas se venían dando en países como Gran Bretaña). Se desataron los despidos, también las negociaciones sindicales y la queja social inundó las calles. En Alemania, los trabajadores llegaron a proponer un acuerdo de auto-disminución salarial con tal de no cerrar puestos de trabajo. Fue un momento disruptivo en el cual Europa exhibió un semblante desconocido en el último medio siglo, y la primera gran víctima fue la izquierda que cambió sus fundamentos corriéndose al centro del escenario político. Ese vacío lo ocupó una derecha rampante que se manifestó capaz de enfrentar los graves problemas que asolaban al continente luego de ensancharse -en tanto mercado- hasta la frontera con Rusia. Su crecimiento fue notorio, incluso en un país tradicionalmente socialdemócrata como Suecia. Desde los distintos parlamentos, desplegaron su odio a los inmigrantes y al islamismo en obsecuencia con el aliado incómodo, EEUU.

En ese tiempo globalizador, la derecha se hizo de algunos gobiernos: Italia con Berlusconi, España con Aznar, Portugal con Marcelo Rebelo de Sousa, Austria con el canciller Sebastian Kurz y alcanzó a Francia con el inefable Sarkozy. Fue más grave en Europa del este donde el odio no se centró en los musulmanes sino en Rusia, aversión aprovechada por Washington para extender el alcance de la OTAN, lo que se detuvo gracias al escándalo mayúsculo vivido en Ucrania.

Europa cambió de rumbo drásticamente. Transformó su tradicional solidaridad hasta convertirse enimplacable persecutor de inmigrantesque ellos prohijaron al colapsar las economías norte africanas. Asimismo, la política social cedió ante la ferocidad de los banqueros de la City, Fráncfort y Bruselas. El resultado es conocido, el continente dejó de crecer (en algunos casos su PIB fue negativo). La prosperidad se asentó en los países ubicados al norte, en especial Finlandia, Alemania, los Países Bajos, Suecia. Gran Bretaña es un caso aparte al ser cabeza de playa norteamericana.En otros, los buenos números se dieron por regiones, verbigracia, la disyuntiva Catalunya.

El continente donde nacieron las ciencias sociales; donde la economía obnubiló pocas veces a la política, incluso cuando transitó el anfractuoso camino que siguió a la Revolución francesa; donde se escribió la Constitución más adelantada del planeta como fue la del Weimar, había dejado su rumbo político-social y se adentró en una globalización cuyo imperativo era la defensa a rajatabla del derecho de los grandes capitales a enriquecerse sin coto. Este fue el acuerdo que transformó a Europa, el gran capital fortalecido en la City y Fráncfort, se impuso sobre los gobiernos obligándolos a aliarse al gran capital estadounidense a fin de reinar el orbe. El resultado fue desastroso: orillar al mundo a una nueva guerra. Lo que hizo Francia en Libia y Alemania en Yugoeslavia es vergonzoso. Que los cazas franceses bombardearan Siria para satisfacer los antojos de Trump es sencillamente abominable, otro tanto las sanciones contra Rusia debido al conflicto en Ucrania que terminó con la sesión de Crimea, un auténtico balazo en el pie que pagaron las industrias y agricultores occidentales ocupados en vender sus productos al “oso asiático”. Es más, el conflicto alrededor del gas ruso continúa, así como las agresiones de Poroshenko, mandatario que destruyó la capacidad industrial instaurada durante la era soviética. El rey del chocolate heredará un gobierno nazificado, un país dividido y en confrontación con Rusia gracias a una docena de oligarcas.

Y en eso llegó Trump y la alianza se estropeó cuando EEUU abandonó el acuerdo de París; exigió a los países europeos que pagasen los gastos crecientes de la OTAN (organización uncida al Pentágono) e inició una guerra comercial que golpeará primero a Alemania.

En esta borrachera de contradicciones los que mandan en Europa se sienten desolados al arriar la bandera de un europeísmo basado en el Estado benefactor para entrarle al capitalismo salvaje junto a EEUU. Ahora, estos últimos le pintan la raya y le declaran la guerra comercial.

Es en este marco gestado por una derecha pronorteamericana altamente corrupta y una izquierda disuelta, más la carencia absoluta de un proyecto continental que exceda la obsesión de seguir engordando al tristemente célebre 1%, que se suscita un empantanamiento político evidente donde lo nuevo se mezcla con lo viejo evidenciando lo obvio: significan lo mismo (“lo mismo un burro que un gran profesor”). En ese clima explota la independencia catalana sofocada a fuerza de revivir el franquismo y en ese mismo clima persecutorio, se investigaron los bajos fondos del PP y la conclusión jurídica hizo saltar a Rajoy acusado de corrupción. En realidad, una ilusión en la búsqueda de credibilidad tal cual sucedió en Italia, ya que los problemas de fondo no han sido tocados. El PP declinará un tiempo, pero la estafeta la tomó Cambiemos. Es oportuno saber que el novísimo presidente Pedro Sánchez (otra cara bonita salida del descompuesto PSOE) apoyó las peores medidas del saliente; un tema de quiebre cuando intente reconstruir la paz con Catalunya. Por lo pronto, su correligionario Felipe González conspira en su contra y a favor de Mendoza de Cambiemos. La ley del serrucho sigue siendo muy popular en la península.

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