#OpiniónLa kakistocracia latinoamericana

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La base de la sociedad moderna es la interacción económica y el gobierno representativo con partidos políticos fuertes expresados en el parlamento. Si bien estos dos espacios parecen separados, están íntimamente ligados: para que exista un determinado orden económico es necesario un gobierno que lo garantice. El problema es cuando la actividad económica dominante se desvincula de la población tal cual acontece en el esponjamiento del juego financiero. En ese caso, la dinámica societal pierde su orden original y en consecuencia, se extiende el caos semejante a una mancha de aceite. En pocas palabras, el Estado liberal que enterró al monárquico se tambalea, coronando a varios reyes absolutos salidos de la olla del mercado.

Una situación que inició con la guerra al sector laboral ejecutada por la yunta Thatcher-Reagan, alcanzando el cenit con la dominación financiera. En esta circunstancia, grandes cifras se movilizan en el emprendimiento especulativo y por tal razón, los propietarios de esos montos, deben tener a su servicio al staff gubernamental. En este punto, la administración pública perdió su función primordial y se convirtieron en gerentes del gran capital, un hecho testimoniado en el 2008. En esa ocasión, el citado espacio político salió al rescate de los especuladores, verdaderos dueños del mundo. Estas gerencias aseguran el libre desarrollo de las maniobras financieras, manteniendo un rostro circunspecto frente a la ciudadanía, realizando una actuación (a veces, convincente) de que les interesa lo que en realidad desprecian. En esa coyuntura, el discurso almibarado y mendaz, se impone a los hechos. Una lluvia de argumentos falaces constituyen la columna vertebral de las administraciones neoliberales: tenemos rumbo; en poco retozaremos en la riqueza; lo mejor está por venir; los tropiezos son necesarios si se quiere tener una economía sólida… Asimismo, este desdén por lo infraestructural es la razón de que varios dignatarios del área (Macri, Temer, Peña Nieto, Trump) se hayan comportado igual a elefantes en una cristalería. Al final, los sufrimientos los padecen otros.

He aquí el nuevo proceder gubernamental: resistirse a representar a la ciudadanía que lo eligió, reduciendo los comicios a un acto cívico sin espíritu constitucional (más parecido a una fiesta o una competencia deportiva) y dejar que el gran capital ejerza el control directo sobre la comunidad a través de diversos mecanismos. El más socorrido es el famoso lavado de cerebro o alienación rampante, promovida por los medios, adosado a un bombardeo copioso de expresiones prohijadas para falsificar la verdad, sobre todo, ¡confundir! a extremos nunca vistos.

Lo central del tema es que el caos lo provoca un gobierno disfuncional, una ciudadanía desmovilizada (desacostumbrada a imaginarse una realidad transformada) y una economía cuyo centro es la especulación, también el extractivismo. No hay más política social, economía o sistema jurídico que trascienda el revoltijo, océano en que navegan los enlistados en la revista Forbes; quienes, desde hace largo rato, se mueven en un territorio exclusivo donde la única ley y autoridad son ellos mismos. Los ejemplos son múltiples, la minería que agravia a las comunidades, la corrupción que absorbe como aspiradora el dinero público, la especulación que produce tsunamis similares al ocurrido en el citado 2008.

Es así que la lawfare se convierte en uno de los rostros notorios deldesgobiernoempeñado en perseguir a políticos prestigiados o disciplinar a los quejosos. Porque estaremos de acuerdo que si los jueces birlan los códigos, provocan un perturbador desbarajuste ético. Ya no existe adelante, atrás, al costado o al medio. En tal sentido, hemos testimoniado los excesos del sistema jurídico brasileño destinado a perjudicar al candidato puntero para ganar las elecciones presidenciales. Lula da Silva fue encarcelado, sentenciado y acosado sin haber presentado una sola prueba en su contra. Lo mismo sucede con Cristina Fernández, perseguida por Claudio Bonadio, juez que se propuso encarcelar a la que puntea en las encuestas para las elecciones a realizarse el año próximo. Posible debido al contubernio ominoso entre el juez y la cabeza del Ejecutivo, empero, lo de fondo es que hace casi cuarenta años que los magistrados han sido domados para cabalgar a la grupa de los poderosos, en especial en su guerra contra los trabajadores y los opositores al modelo neoliberal.

Como no existe ningún sustento jurídico para tal proceder, se enfocan en crear una campaña de odio estilo Trump. Odio menguado en Brasil, donde se espera que en octubre triunfe el ex alcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, reemplazo elegido por Da Silva. Lo insólito del caso es la sinrazón. ¿Qué sentido tiene perseguir a Lula si ganará su sustituto, quien deberá mover cielo y tierra para liberar al preso político? A no ser que Temer tenga pensado realizar un movimiento más osado. El apuñalamiento a Bolsonaro así lo indica.

Pero tengamos presente la razón de fondo. La kakistocracia se enseñorea en el mundo porque los dueños de la economía global no necesitan más gobierno que el destinado a resguardar sus intereses. Para estos señores, la pobreza y la ignorancia son virtudes. En tal sentido, una devaluación de 350%, una tasa de interés del 60%, la inflación superior al 30%, sumado a la pobreza que abraza a 30 millones de argentinos particularmente niños, es apenas un traspié a resolver con ajustes; los del FMI, experto en hundir en la indigencia a la clase media.

 

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