#OpiniónPor suerte, ustedes no gobiernan

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Como es habitual en los gobernantes de cuño neoliberal y pro-oligárquico, el presidente argentino Mauricio Macri le habló -en su patético discurso- al Fondo Monetario Internacional y a los mercados, pero le dio la espalda al pueblo, ese mismo que le otorgó la victoria electoral y depositó en él toda su confianza.

Las turbulencias económicas con epicentro en la fuga cambiaria que desde el pasado mes de julio azotan a la hermana nación del Plata, pusieron al gobierno derechista de la coalición conservadora Cambiemos virtualmente de rodillas ante el capital financiero internacional hegemónico.

En efecto, los propios popes que apalancaron con su apoyo al multimillonario devenido inquilino de la Casa Rosada por imperioso de la causalidad, se encargaron de aterrizarlo en la realidad, durante una semana de agosto realmente de pánico.

Obviamente, gobernar a un gigante geográfico de más de cuarenta millones de habitantes y de realidades socio-culturales y hasta étnicas diversas, es tarea para avezados operadores políticos y no para un burgués caprichoso que siempre se miró el ombligo.

Casi tres años después, el inverosímil experimento restauracionista pergeñado por una derecha obcecada fracasó estrepitosamente por la desconfianza de sus propios aliados: los mercados.

Es tan contundente la falta de confianza de los agentes económicos que, sólo en el primer semestre del año, la fuga de capitales alcanzó a los 16.676 millones de dólares, un 117% más que en el mismo período del año pasado, cuando había sido de 7.677 millones de dólares.

Hoy -con indisimulable estupor- la gran mayoría de los argentinos siente la misma sensación agobiante que en diciembre de 2001, cuando una revuelta popular que colmó el centro de Buenos Aires, proclamó al unísono el “¡Que se vayan todos!” y provocó la dramática renuncia del presidente Fernando de la Rúa.

En ese contexto, detonó literalmente el espejismo de la convertibilidad del ministro de economía Domingo Cavallo, se derrumbó el sistema financiero, el sector real de la economía, los salarios, las jubilaciones y el mercado de trabajo.

Fue el tardío corolario del impresentable mamarracho neoliberal fabricado por el menemismo, que generó una suerte de fantasía durante la paupérrima década del noventa, letal caldo de cultivo que eclosionó la crisis argentina y su correspondiente efecto dominó en Uruguay.

Diecisiete años después, el “tsunami Macri” arrasa con todas las certezas de los hermanos argentinos, devenidos habitantes de una mera colonia del Fondo Monetario Internacional, que, en los próximos años, operará como una suerte de auditor de la economía y de las decisiones de gobierno.

Son tan draconianas las condiciones de la asistencia financiera que prestará el organismo multilateral de crédito, que el mandatario reducirá los ministerios de su gobierno a la mitad y -aunque parezca surrealista para un gobierno conservador- aplicará las heterodoxas retenciones a las exportaciones, como si se tratara de una administración kirchnerista.

Estas nuevas medidas se sumarán a las ya comprometidas en la carta intención firmada con el FMI: drástico recorte del gasto en obra pública que seguramente impactará negativamente sobre el marcado de trabajo, radical limitación de las transferencias monetarias a las provincias, agudización de la reducción de los subsidios a los servicios públicos, abatimiento de erogaciones salariales y ajuste del sistema de seguridad social.

Si será grave la situación que, en su conturbado discurso, el propio Macri no dudó en vaticinar el crecimiento de la tasa de pobreza y el empeoramiento de otros indicadores sociales.

Estos mazazos sobre las clases populares seguramente serán matizados por renovadas dosis de circo mediático, con el apoyo de los medios de comunicación obsecuentes. Nadie duda que se escribirán nuevos guiones para escenificar más “cuadernos de coimas” y se crearán otras ficciones dignas de Steven Spielberg.

Ante este escenario regional adverso, el gobierno uruguayo trasmitió tranquilidad a la población anunciando que, más allá de inevitables coletazos sobre el turismo y el comercio, nuestro país no será tan impactado por la aguda crisis argentina.

Dieciséis años después, la realidad es radicalmente diferente a la de 2002, cuando nuestro país estaba sumamente expuesto a los avatares y zozobras económicas de nuestros vecinos y la extrema laxitud de las regulaciones generaba condiciones para el contagio.

Si gobernara la derecha que demolió literalmente al Uruguay y lo sumió en una coyuntura histórica de espanto, las vulnerabilidades serían mayores y los uruguayos deberían prepararse para padecer una nueva tragedia importada.

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