#OpiniónSin miedo a lo nuevo

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El cambio cultural transita por ámbitos diversos: cambian los modos de producción y con ellos aparecen nuevas subjetividades. Éstas son la expresión de una nueva forma de relacionarnos con los objetos y entre los sujetos.

Según Joaquín Rodríguez Nebot, psicólogo, las revoluciones tecnológicas han incorporado el tema de la velocidades y cómo impactan en la forma de accionar de los individuos. Todo se construye de manera casi inmediata a nivel interplanetario y eso implica niveles de consumo altísimos, trayendo consecuencias desbastadoras en los sujetos. Se profundiza la sociedad del tener y no del ser, la del consumir y actuar más que la del reflexionar.

Por tanto nuestra preocupación transita sobre en qué medida la cultura puede convertirse en una alternativa posible ante los nuevos desafíos que nos presenta esta revolución tecnológica.

Lejos de querer dar una mirada apocalíptica nuestra intención es observar las potencialidades de generar caminos hacia otro tipo de consumo. Parecería que en el mundo que vivimos el “homo consumus”, y es una pura invención mía, está instalado. Sin embargo nos preguntamos: ¿Es posible pensar en consumir algo que contribuya a mejorar la relación entre los humanos?. No es nada novedoso, está ligado al ser humano: la propia cultura.

Desde hace varios años se ha instalado en el discurso político la necesidad de realizar un cambio cultural. Las definiciones de cultura son tan amplias que hablar de cambio cultural puede querer decir todo y no decir nada.

Las dos grandes concepciones en las que se agrupan las diferentes definiciones de cultura se sintetizan entre los que la consideran como toda acción que realiza el ser humano para transformar la realidad en la que se encuentra y por otro, el relacionado a las bellas artes, la música, la danza, la literatura. Nadie podría afirmar con exactitud cuál de estas dos vertientes es la acertada. Quizá la Humanidad siga este debate ad infinitum, o quizá habría que pensar que son dos caras de la misma moneda.

Sin embargo, si nos ajustamos a los dos conceptos asociados, inmediatamente surge la incertidumbre como dimensión subyacente, omnipresente como la vida y la muerte.

Lo cierto es que sea por una o por otra concepción el ser humano se enfrenta a un modo de vida radicamente nuevo bajo el impacto de lo que se ha dado en llamar la cuarta revolución tecnólogica.

Ya nadie sospecha de ella como factor de cambio pues ha influido en todas las áreas de la vida. Eso nos dice que estamos viviendo el cambio cultural día a día , independientemente de cuál sea la suscripción política, religiosa, deportiva o cultural a la que nos hayamos adherido.

Desde el hombre primitivo hasta nuestros días la necesidad de adaptación tiene implícito el desafío de modificar el entorno: pulir una piedra para convertirla en una flecha, hacer vasijas de barro para guardar los granos, crear herramientas, llegar a la rueda para facilitar los traslados, hacer y transformar para vivir cada día mejor. Pero junto a esa necesidad de modificar la realidad para adaptarse también surgían otras manifestaciones no previstas: algunos pulirían con sentido más pragmático y otros con sentido más estético y ambos darían a sus utensilios un valor especial. La tecnología apoyaría en el camino de hacer la vida un poco más fácil pero también más bella.

Hoy es exactamente igual. Nadie hubiera imaginado que tedríamos al mundo literalmente en el bolsillo. Desde nuestro celular tenemos acceso a toda la información que se nos ocurra buscar. Y allí es donde tenemos el problema: el potencial está pero no todos tenemos acceso.

Hace apenas un lustro se me ocurrió imaginar la posibilidad de tener en el celular una radio, un teléfono, una computadora para contestar mi facebook y mi correo electrónico, poder sacar fotos. Me tildaban de exagerada. En ese momento no podía imaginar que también desde ese aparato yo podría leer una novela, entrar de manera virtual a un museo de cualquier parte del mundo, tener un diccionario y traductor y que además de todo ello mi teléfono me enviaría la música que me gusta escuchar en sus infinitas variedades de artistas, leyendo mis gustos anteriores y devolviéndome un plus dirigiéndome hacia algún compositor que no conozco, pudiendo descubrir y disfrutar algo nuevo. A su vez puedo pagar mis cuentas y resolver sin apuros aspectos de mi vida doméstica, a la hora que se me ocurra hacerlo.

Pero , y siempre aparecen los”pero”, esa tecnología ha cambiado la forma de vida de quienes pueden y quieran aprender. Para poder aprovechar el potencial de la tecnología es necesario estar dispuestos a comprender el mundo de otra manera. Es tan alto el desarrollo y las posibilidades que se despliegan que es necesaria la inclusión, pues desde una mirada de izquierda, nadie puede quedar por fuera. Esta es nuestra nueva tarea civilizatoria: hacer que el ser humano comprenda la nueva etapa histórica que estamos construyendo y las nuevas subjetividades que se derivan de ello.

Seguramente esto no esté excento de incertidumbre: lo nuevo siempre implica una especie de salto al vacío y es normal que pueda ofrecer resistencias, por lo que el soporte ético que los sotenga definirá el curso que tomen las transformaciones. Aprender a utilizar los dones de la tecnología no puede estar excento de concebir una realidad colaborativa, de diseño en red, en el que la participación virtual facilite los encuentros reales, la virtualidad apoyando la convivencia ciudadana y fortaleciendo la vida democrática generando la posibilidad de la construcción de comunidades de ideas, que se comparten, se retroalimentan, se enriquecen.

Sin embargo, todas las virtudes de este desarrollo tecnológico se enfrenta a dos difiultades : por un lado, no todas las personas aún cuentan con acceso y por otro hay que aprender a vivir en un mundo nuevo.

Nadie a esta altura podrá decir que prescinda de la tecnología. Todos somos protagonistas en la medida en que se modifican los modos de relacionarnos: el uso de las redes sociales crecen de manera exponencial, el acceso a la información genera cambios en el desarrollo del conocimiento y la convivencia ciudadana se modifica en relación al vínculo que se ve mediado por las redes. Como mencionábamos anteriormente la velocidad crea una nueva subjetividad.

Así como para el hombre primitivo la tecnología fue un producto de su evolución también en el día de hoy debe ser un elemento de incorporación a la vida sin temores. Es posible que muchas tareas que se realizan en la actualidad se sustituyan por elementos tecnológicos y seguramente muchos trabajos dejen de existir y necesariamente surgirán modos de producir diferentes. Ello puede generar incertidumbre. Sin embargo, debe ser observado dentro del marco evolutivo como una oportunidad para el cambio. La educación debe facilitar las competencias necesarias para poder generar la inclusión en todas las etapas de la vida. Tanto el Plan Ceibal como el Plan Ibirapitá apuestan a dar herramientas desde la escuela hasta las personas adultas mayores. La formación deberá ser de manera continua.

El desafío que se nos plantea como Humanidad es en qué vamos a emplear el tiempo libre que nos facilita el uso de las tecnologías.

Tomando una de las definiciones de cultura a la que hacíamos referencia al comienzo de este artículo, promover acciones que faciliten el disfrute del arte, el teatro,la danza ponen a los sujetos nuevamente en el centro volviéndolos protagonistas y no sólo espectadores. Las tecnologías deben colaborar para volver al encuentro real. Vivir la experiencia de un espectáculo. Ser parte de él. Volver al encuentro en el ámbito público y recuperar la relación directa con los otros convocados para el disfurte del arte.

Quizá en un futuro no muy lejano haya posibilidades reales de tener tiempo libre pues la tecnología suplantará muchas tareas que se realizan en la actualidad. Quizá la jornada laboral sea menos extensa. Sin embargo cabe preguntarse : en qué emplearemos el tiempo libre?

Nuestra preocupación está en el desarrollo humano, en el crecimiento como sociedad , en la generación de relaciones solidarias y de buena convivencia, en el disfurte de las artes, el deporte la naturaleza: aprovechar lo nuevo para poder generar mejores condiciones de vida para más personas.

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