Un auténtico ideólogo del desastre

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La reunión entre el ex presidente de la República Julio María Sanguinetti y los líderes nacionalistas Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga comporta un intento de la derecha por construir un nuevo contubernio, con el propósito de desplazar al Frente Amplio del poder en las elecciones del año próximo.

No en vano el ex primer mandatario colorado afirmó que se plantó una “semilla de un eventual gobierno de coalición”.

Esa deletérea semiente -cuya nocividad es por todos bien conocida- es como “La semilla del diablo”, la célebre novela del escritor estadounidense Ira Levin que fue adaptada al cine en 1968 por el realizador Román Polanski como “El bebé de Rosemary”. Como es notorio, ese libro -cuyo título original en inglés es “Rosemary’s Baby”- es una historia de ficción de visos sobrenaturales cuyo protagonista es nada menos que el propio Satanás.

Al margen de eventuales mitos, fantasmas y querubines, lo cierto es que el dos veces presidente de la República- que es corresponsable junto a su partido de la peor crisis económica y social de nuestra historia reciente- irrumpe ahora a los ochenta y dos años de edad en la escena política nacional, con el propósito de zurcir a la desflecada oposición de derecha que aspira a transformarse en alternativa de gobierno.

En sus declaraciones a la prensa, Sanguinetti se presentó como “ciudadano oriental y batllista preocupado”, pese a que su ideología y su propia historia política está a años luz del reformismo de talante estatista de José Batlle y Ordóñez y de su epígono y sobrino Luis Batlle Berres.

Obviamente y al referirse a la búsqueda de coincidencias de la oposición de derecha, Sanguinetti insinuó que su partido- que es ya una fuerza cuasi testimonial- seguirá siendo furgón de cola del Partido Nacional, como lo fue en las elecciones de 2009 y 2014.

En otro orden, el ex mandatario manifestó no sentir “ninguna carga personal” por el derrumbe del Partido Colorado en los últimos 15 años, ocurrido durante la presidencia de Jorge Batlle pero cuyos fundamentos varios analistas políticos atribuyen al período de gobierno anterior.

“Entregué la Presidencia con más votos de la que recibí y se la entregué a un correligionario como el doctor Jorge Batlle. Entonces, en lo personal no siento ninguna carga”, aseveró.

Seguramente, estas expresiones deben haber enfurecido hasta al más recalcitrante colorado, que observa -con razonable perplejidad y estupor- la decadencia terminal de una colectividad que dominó la escena política durante casi un siglo de historia.

Sanguinetti es uno de los principales responsables de la debacle del coloradismo, porque la crisis comenzó en 1999, último año de su segundo mandato presidencial.

Por entonces, la economía se contrajo en un 3% con respecto a 1998 y la tasa de desempleo se disparó a más de un 11%, entre otros indicadores abiertamente recesivos.

Naturalmente, esta coyuntura dio cuenta del comienzo del devastador ciclo del deterioro económico y social del país que eclosionó en 2002 durante el gobierno de coalición encabezado por Jorge Batlle.

Ese año la economía se contrajo un 11%, la desocupación abierta se elevó al 22%, los salarios y las jubilaciones redujeron su poder de compra en un 25% y la tasa de pobreza se disparó a un guarismo récord del 40%.

A ello se sumaron una inflación anual del orden del 25%, una caída de las exportaciones del 38%, una devaluación de la moneda uruguaya de más del 93% de su valor y una pérdida de depósitos bancarios del 48% (unos 7.400 millones de dólares).

La crisis también licuó las reservas del Banco Central del Uruguay, que se derrumbaron de los 3.100 millones de dólares a 772 millones de dólares. En ese marco, el crecimiento del endeudamiento externo llegó al 101% del deprimido PIB.

Obviamente, en el contexto de una situación de debacle generalizada de la economía doméstica con graves consecuencias sociales, la sociedad uruguaya asistió al cierre de cinco bancos privados: Galicia, Crédito, Comercial, Montevideo y Caja Obrera.

Asimismo, la banca pública -que también fue impactada por el tsunami- debió reprogramar sus depósitos hasta a tres años, con lo cual decenas de miles de personas perdieron sus ahorros o fueron obligadas a esperar para disponer de su dinero.

Julio María Sanguinetti fue, sin dudas, uno de los autores intelectuales de esta tragedia, tanto durante el último tramo de su segundo gobierno como por su participación en la ruinosa administración encabezada por el hoy fallecido Jorge Batlle.

El desastre 2002, del cual también fue responsable el Partido Nacional que cogobernó con el Partido Colorado durante los período 1995-1999 y 2000-2002, no fue una mera crisis bancaria, ya que también horadó al aparato productivo y el mercado de trabajo.

Fue la directa consecuencia del colapso del modelo neoliberal ortodoxo inaugurado a comienzo de la década del noventa durante la presidencia de Luis Alberto Lacalle, caracterizado por la desregulación, el grosero libertinaje de mercado y el inicuo paradigma concentrador.

Ahora, Julio María Sanguinetti, que fue el ideólogo de las fracasadas coaliciones blanqui-coloradas de derecha, aspira a reeditar esa experiencia de cohabitación entre dos partidos que son cada vez más siameses y que abrazan el mismo proyecto de país, que es también el del gran capital.

Naturalmente, estos dos gobiernos bicolores no son los únicos antecedentes de colaboración entre los partidos tradicionales, que tienen coincidencias de larga data en temas que trascienden a las dimensiones económica y social.

En 1972, durante el primer tramo del gobierno del luego dictador Juan María Bordaberry- que integró a Sanguinetti como Ministro de Educación y Cultura- se formalizó una coalición entre el coloradismo y el sector más conservador del nacionalismo.

Incluso, ambas fuerzas políticas sancionaron la Ley de Seguridad del Estado y Orden Interno en julio de ese año, que otorgó carta blanca a los militares para violar flagrantemente  los derechos humanos más de un año antes del golpe de junio de 1973.

Luego de la dictadura, blancos y colorados volvieron a coincidir en la elaboración y sanción de la Ley de Caducidad, que consagró la impunidad de los delitos de lesa humanidad perpetrados durante el gobierno autoritario. Sanguinetti fue uno de los arquitectos de este inconstitucional mamarracho jurídico.

Por supuesto, esta película ya la vimos y sabemos a qué nos conduce: a la restauración del statu quo ruinoso que, hace quince años, transformó a nuestro Uruguay en un territorio arrasado.

De las fuerzas progresistas que realmente siguen apostando al cambio en alianza con el frente social, depende en buena medida que este engendro con hedor a naftalina no resucite.

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2 Comentarios
  1. María dice
    Alfredo: Eso ya lo publicaste no menos de 100 veces. Sos poco original. Hay mil cosas para hablar de Sanguinetti, pero tu seguís con las mismas estupideces. Te faltó escribir algo en contra de Muji.ca y los comunis.tas, como hacés siempre porque sos un rosado disfrazado. Ya que cam biás tantas veces de nick, te propongo que el próximo sea CORNELIO. Eso te identifica perfectamente.
  2. censurado siempre dice
    Completamente de acuerdo con el articulista. Los blancos y colorados son los responsables de los desastres de sus gobiernos. Pero pregunto, quién es el responsable de los desastres de los últimos 13 años? Sin dudas el Frente Amplio. Cada gobierno, sea el que sea, es responsable de sus desastres. Y mucho más si tienen mayorías absolutas para hacer lo que quieran.

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